Entre el cambio y la permanencia

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Entre el cambio y la permanencia

El Seminario Permanente de la Fundación Caballero Bonald dedica su tercera sesión ordinaria a la relación entre fotografía y literatura.

03-04-2016 / 13:25 h.
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Si en las reuniones anteriores se habló de filosofía, música o novela gráfica, la sesión del pasado jueves se centró en la fotografía, dentro del programa 'La literatura y las otras artes'. José Jurado fue el encargado de presentar a Pablo Juliá, Miguel Gallego Roca e Isabel Giménez Caro. Se trataba de ver qué relaciones existen entre la fotografía y la literatura.

Pablo Juliá –resaltó José Jurado– ha sido la memoria gráfica de este país, uno de los pioneros. Además de colaborar con varias publicaciones, como El País, y de haber realizado numerosas exposiciones, es profesor universitario y Director del Centro Andaluz de Fotografía. Pertenece a una generación de periodistas que dio un giro a la profesión. Hasta entonces –recordó Juliá– los fotógrafos no significábamos nada en los periódicos.

Según Pablo, aunque parece que lo acabamos de inventar, siempre ha existido transversalidad en fotografía. En EEUU, a principios del siglo XX, estaban más acostumbrados que en Europa. Había una constante relación entre fotógrafos, pintores, escultores y escritores. Esta interacción se reflejaba en las revistas culturales o en programas como la Farm Security Administration, que documentó la Gran Depresión. Nadie puede negar estas conexiones entre los creadores. No conozco a ningún gran fotógrafo que no haya pensado a través de la literatura –sentenció Juliá–. Sin la poesía o la literatura no hay un referente histórico sobre el que trabajar. Las imágenes que genera la literatura te están chocando, provocando, toda la vida. Esta influencia mutua se ha hecho más evidente, por ejemplo, en la llamada foto literaria. Para entender la foto había que comprender el texto que aparecía dentro de la imagen: un cartel, una pintada en un muro, un recorte de prensa, etc. La foto literaria se inscribe en una tradición que parte de los años treinta y que los representantes del nuevo periodismo en la Transición volvieron a practicar.

La literatura es algo que fluye, que transcurre, cambio constante según Heráclito. Sin embargo la fotografía busca la permanencia, el instante estático, lo que es, según Parménides. Aquí radica la transversalidad. El fotógrafo lee en el río de la narración y a continuación lo plasma en imágenes permanentes. Este esquema general, según Pablo Juliá, nos sirve de punto de partida. Porque luego existen los haikus, que atrapan una imagen, y las series fotográficas, que muestran un recorrido, una narración que fluye. Como ejemplo de narración fotográfica: Vanessa Winship. Black Sea demuestra que se puede hacer fotografía literaria y reflejar lo que ocurre en un país: una historia, conflictos de identidad, políticos o de género.

Miguel Gallego, profesor de literatura de la Universidad de Almería, se ha dedicado a la traducción literaria, la narrativa del XX-XXI y la novela latinoamericana. Inició su intervención con un tópico. La  expresión “una imagen vale más que mil palabras” ha sido mal traducida. Viene del chino y hace referencia a los ideogramas. Lo correcto es: “el significado de una imagen puede expresar diez mil palabras”. Si pasamos de lo analógico a lo digital, una imagen pesa muchísimo más que mil palabras… Paul Valéry, anticipándose a este mundo digital que vivimos, dijo que llegaría un momento en el que apretando un botón recibiríamos toda la información en nuestra sala de estar. Y habló también de intoxicación en la modernidad y del encallamiento de la sensibilidad. El arte mismo está en situación de riesgo. El escritor Don Delillo, en su primera novela, plantea la posibilidad de construir imágenes de imágenes, sin otra referencia. Eso es lo que ocurre en nuestro tiempo. Es ardua la defensa de la palabra frente a la imagen en un mundo que ha sufrido un “giro pictorial”: todo lo pensamos a través de imágenes.

Miguel nos habló de dos novelistas dedicados a la fotografía. Émile Zola tomó miles de instantáneas, pero no las utilizó para escribir sus obras. Llegó a tener tres laboratorios fotográficos. Le gustaba documentar la vida cotidiana. Hizo fotografías que tenían como referencia las escenas de los grandes pintores. Entonces se entendía la fotografía como una continuación de la pintura. Le gustaban las series de paisajes, de familia. Sin embargo, en sus carpetas con materiales para preparar sus novelas no hay fotografías. No relacionó novela y fotografía.

Juan Rulfo también fue fotógrafo. De hecho hizo más fotografías que novelas. Escribe cuando las imágenes ya no son suficientes para contar lo que desea. Antes de publicar “Pedro Páramo” ya es un fotógrafo reconocido. En sus fotos no hay ningún texto. Posteriormente, tras conocerse la obra fotográfica del autor, se establece la conexión entre su novela y sus fotografías. Es Nuria Amat la que trabaja en ese enlace. Rulfo pretende con sus imágenes explicar la historia de México: ruinas fantasmales, volcanes, máscaras, restos de guerras, restos arqueológicos…

Isabel Giménez Caro, también profesora de literatura de la Universidad de Almería, ha escrito sobre la novela del siglo XIX y ha estudiado autores hispanoamericanos. Nos habló de las décadas de los cincuenta y los sesenta del siglo XX en Barcelona. A través de la poesía fue revisando el rastro documental de los grupos poéticos de esos años. Fotografías que hablan no de lo que es, sino de lo que ha sido. Son escritores de la memoria. La antología de Carmen Riera, “Partidarios de la felicidad”, fue el hilo conductor de ese recorrido literario y fotográfico. Se trata de autores que iluminan la postguerra y retoman el legado de la generación del 27. Recuperan esa alegría que desapareció con la guerra. La Escuela de Barcelona literaria coincide también con la Escuela de Barcelona de fotografía: Francesc Català Roca. Colita. Oriol Maspons, Xavier Miserachs. Un registro fotográfico del juego poético y vital, del sentido del humor, de las editoriales, el boom latinoamericano…

En el diálogo final, gracias a las preguntas de los asistentes, se desarrollaron los conceptos de poesía visual, fotografía poética, vídeo-poemas, grafo-poemas… Pablo Juliá analizó las obras de Chema Madoz y Jorge Rueda. A pesar de las etiquetas, dice Pablo, el lenguaje de la fotografía es en sí mismo poético.

El documental en el que se queman las obras de Rueda, a petición suya, nos dejó mudos, pensativos. A lo mejor, diría Jorge Rueda, nuestra sociedad sólo quiere un lenguaje visual dócil, suave, que se pueda cosificar y vender enlatado, un lenguaje que sepa repetir las verdades del sistema… Hay que destruir todas las obras que no hemos querido entender. Así evitaremos que las desvitalicen mediante homenajes hipócritas. Quizás nunca merezcamos los verdaderos senderos creativos, diría Rueda…

 
 
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