El sol de los gitanos

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Gracias a Pablo Iglesias me he enterado esta semana pasada de que Televisión Española retransmite misas todos los domingos y fiestas de guardar.

Lo habitual es que para hacernos oír y conseguir notoriedad los españoles recurramos al gran deporte nacional, al que llevamos jugando por lo menos desde los tiempos de Viriato: el arte de meterle al otro el dedo en el ojo.

Tras el descubrimiento y la conquista de América, los españoles y portugueses no se conformaron con apropiarse de aquellas tierras y explotar sus riquezas para beneficio propio y de las respectivas metrópolis, sino que impusieron también su cultura y valores.

Reconozcamos las cosas grandes y buenas de España aunque solo sea por higiene mental, y como estímulo de cara a la construcción de nuestro futuro colectivo.

En la escuela de mi infancia, allá por los años 60 del siglo pasado existía un “cuadro de honor” colocado en un lugar preeminente del colegio.

No, no son los cazadores quienes maltratan a sus perros, sino los malvados —aunque alguno se dedique también a la caza— y los tontos, que son legión imparable y en crecimiento.

Después de muchos años de apatía, por fin los ciudadanos de Jerez hemos decidido ejercer de tales, salir del letargo secular en que andábamos sumidos y echarnos a la calle para tomar la iniciativa.

Cualquiera diría que a los españoles, con la llegada de Donald Trump al poder, nos ha dado tal ataque de amor hacia la lengua castellana.

La actual monarquía española, a pesar de sus errores y escándalos, nos ha proporcionado las décadas más prósperas y democráticas de toda nuestra Historia. 

Y es que las promesas de Año Nuevo son como las que un cura vasco que me dio clases en el bachillerato -ya ha llovido- llamaba “promesas jerezanas”, que son esas que se hacen también para no ser cumplidas, pero en cualquier época del año.

La noche de la víspera de Reyes, tras el paso de la cabalgata, había caramelos tirados por el suelo hasta en la puerta de los colegios.

Cuentan que a un conocido terrateniente jerezano le gustaba pasearse a caballo por su finca entre los jornaleros que sudaban la gota gorda afanados en la recogida de la remolacha azucarera, bajo un sol abrasador.

Durante todo un año viví sin luz eléctrica en una casita aislada en la sierra de Grazalema. Ha sido, sin duda, una de las experiencias más ricas e interesantes de toda mi vida.

Otras veces es una guerra la que pretende amargarnos el almuerzo, sin conseguirlo. A lo más nos saca un gesto torcido, o incluso de preocupación si no está demasiado lejos. No sea que nos salpique la sangre sobre el traje nuevo.

En fin, que todo se volvió mucho menos excitante, más normal y, con el tiempo, también más aburrido -¡bendito aburrimiento democrático!- desde aquel 6 de diciembre de 1978. 

Este precioso pueblo gaditano abre sus puertas como cada año al visitante ofreciéndole la posibilidad de gozar de sus secretos más íntimos.

Todas las guerras civiles —y de eso en España deberíamos saber algo si se leyera más Historia— están precedidas por campañas de odio que convierten al adversario político en enemigo con el que no se puede acordar nada.

Cada pocos años, de manera recurrente y a modo de serpiente de verano, sale a la palestra informativa el tema de los deberes escolares.

Un hombre hecho y derecho se agacha en plena calle para recoger la mierda que acaba de cagar su perrito. 

Y así se ha hecho en el ámbito de la familia, con padres que, por no parecer autoritarios, y en contra de la educación recibida, pretenden ser amigos en vez de padres de sus hijos.