Publicidad
Publicidad

La palabra cultura procede del verbo latino colere, que significa custodiar y preparar la tierra para la siembra de plantas y para la cría de animales.

Nuestros prejuicios y nuestra ignorancia nos impiden comprender que, a pesar de las apariencias, las plantas no son tan extrañas como pensamos.

Dice un viejo proverbio que un árbol caído hace más ruido que un bosque que brota.

Después de la tormenta de esta semana, los árboles, las personas, las aceras, los coches, toda la ciudad ha aparecido cubierta de polvo rojizo.

Los charcos urbanos son indicadores socioeconómicos.

La mayor parte de los descampados se han ido transformando con el tiempo. 

Hoy ya no nos choca que los nombres de los árboles sean masculinos, a pesar de tratarse de seres vivos capaces de engendrar frutos. 

Los científicos llaman “biomasa” a la cantidad total de materia viva presente en una comunidad o ecosistema.

Teniendo en cuenta lo anterior, podemos ahora los rosales, cuando los signos de su letargo invernal son claramente visibles y los días se anticipan cada vez más luminosos.

Allí donde algunos ven degradación y ruina, otros ven oportunidad para la recuperación y el crecimiento.

Atribuir la propiedad de la inteligencia a los objetos habría sido impensable hace unos años, pero actualmente aceptamos esto con naturalidad.

Los musgos son los antepasados vivos de todas las plantas terrestres. Su capacidad de resistencia a las adversidades les ha hecho sobrevivir victoriosos hasta nuestros días.

En el ámbito de la ciencia, todo ser vivo se reconoce por dos nombres: uno que permite identificar al individuo como especie y otro que lo clasifica dentro de un determinado conjunto de especies o “género”.

Esos políticos que construyen muros frente al inmigrante seguramente saben que el sistema que pretenden proteger necesita consumir energía venida del exterior para mantenerse y crecer.

Ayer por la mañana me sorprendieron estas rosas floridas en pleno otoño, en los jardines de la rotonda entre la avenida del Ejército y el Paseo de Sementales.

En vísperas del día de los difuntos, cuando la calabaza se convierte en testigo socarrón del enfrentamiento entre creencias, conviene recordar que durante 364 días cada año, las calabazas son simplemente calabazas.

Al llegar el otoño, muchas plantas inician los protocolos de defensa ante la hambruna del invierno.

El mapa muestra la distribución de los distintos tipos de colmenas según los materiales utilizados: de corcho, de madera, de caña, de latón, de barro, de esparto…

Tal vez el Ayuntamiento debería impulsar la participación ciudadana, valorizando los esfuerzos particulares por contribuir al reverdecimiento de la ciudad.

La chumbera no es una especie autóctona, a pesar de lo presente que está en nuestros campos y en el imaginario de los pueblos mediterráneos.