Becarios, el precariado y la poca vergüenza

Becarios, el precariado y la poca vergüenza

19-05-2017 / 01:16 h.
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Entre el desfile de cargos del PP camino de Soto del Real y la lucha fratricida en el PSOE, nuestras tragaderas están a rebosar. Pero se ve que tenemos para más. Por qué, si no, han desaparecido del debate público todas esas informaciones relacionadas con los becarios y que, más allá de salpicar a mediáticas estrellas Michelin (para uso y disfrute de los trolls), no han terminado en un debate profundo sobre las condiciones no sólo de quienes intentan acceder por primera vez al mercado laboral sino de todos los trabajadores que malviven con sueldos que no dan ni para lo más básico: techo y comida.

Para qué, pensarán nuestros políticos. Si total, lo que a ellos les preocupa y ocupa es salvar sus respectivos culos en las próximas elecciones. Para ser justa, diré que tampoco he visto a los sindicatos especialmente indignados con el tema. Así nos va.

Todos hemos sido becarios alguna vez en la vida. El problema no es que exista esa figura de aprendiz, stagier o como se quiera llamar. Bien regulado, ser becario puede ser una experiencia altamente satisfactoria tanto para el interesado como para la empresa. Lo grave es que esas becas se eternizan y se utilizan para suplir puestos de trabajo estructurales al tiempo que los empleos que se ofertan se asimilan, cada vez más, a unas prácticas mal pagadas.

¿En qué momento los becarios remunerados (sólo un 42% en España según el último informe de la Comisión Europea) se han convertido en un preciado objeto de deseo? ¿Cuándo un licenciado con Grado, Máster, 2 ó 3 idiomas y unos cuantos títulos más en la cartera sólo puede aspirar a ser mileurista? Vaya si hemos tragado con la excusa de la crisis...

A mis 33, me considero una auténtica afortunada: nómina fija, un trabajo que me encanta y diez años cotizando. Y estoy convencida de que mis años de becaria fueron determinantes para llegar hasta aquí: un verano en una radio, 3 años en una televisión, otro verano en un gabinete de comunicación, 4 meses en otra televisión y 6 meses en una agencia de noticias. La mayoría de ellas, salvo las de los últimos años de estudio (¡bendito el día en que las Universidades decidieron exigir convenios a los medios de comunicación¡), sin remunerar. Todo era por mi bien, por mi futuro, por una promesa de contrato que sólo llegó en uno de los casos.

Reconozco que no me importó durante mucho tiempo, hasta que un día le planteé al director de la cadena donde llevaba 3 años ejerciendo como una reportera más (nada de cafés) que era justo que, al menos, me financiasen los gastos de transporte. La respuesta fue algo así como “si tú no quieres, hay mil detrás como tú”. Efectivamente, vino otra persona y no pasó absolutamente nada, todo siguió funcionando igual o incluso mejor.

Pensaba, ilusa de mí, que no escucharía de nuevo esa frase, pero, una vez más, volví a equivocarme. Hace tan sólo unas semanas esa humillante frase resonó en mis oídos cuando rechacé una supuesta oportunidad única e irrepetible para volver a la TV haciendo una colaboración (leáse una jornada de trabajo completa de 8 horitas, más extras) por “el precio simbólico de un euro”. Sí, señores, estas cosas siguen pasando y la gente se ve que las sigue aceptando. De lo contrario, estos directivos que tanto saben de los medios y no les importa explotar al personal mientras ellos tienen los bolsillos llenos no tendrían el valor de hacer siquiera semejantes proposiciones.

Lo más descorazonador es que con la excusa de “chica, ya sabes que este mundo es así” (el del periodismo, aunque entiendo que es aplicable a otros muchos sectores) nos hemos dejado avasallar.

El precariado ha llegado para quedarse. Con descaro, desfachatez y, según algunos, para hacernos el favor de tener un trabajo. De mierda, pero un trabajo. Y no se quejen, que encima serán unos desagradecidos. 

 
 
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